No solo es una buena Secretaria. Es una bueníííííííííííííííííísima Secretaria. Bueno, era, porque ya se dedica a otras actividades. Ya no es Secretaria pero lo buenota no se le quita. Pero como Secretaria me daba tantas atenciones que, lo mismo me preparaba un café capuchino, que revisaba y reparaba la instalación del teléfono. Lo mismo llevaba con esmerada atingencia mi Agenda, que me espantaba a las “pinches lagartonas busca-marido”, como les llamaba a las amigas que de repente me llamaban para invitarme a comer o para pistear, como dicen acá en (pu)Torreón. Era, sin haberla designado, la mejor defensora de mi soltería.
Verla pasear por la oficina era todo un espectá-culo, sobre todo cuando se inclinaba para abrir el cajón inferior del archivero. ¿La razón? Su estupendo cuerpo y la desinhibida manera de lucirlo. La minifalda era su arma favorita para imponer el (des)órden entre los varones, y la envidia entre las mujeres de la oficina. Y lo mejor: era mí Secretaria.
Pues bien, convivir con alguien así, durante ocho horas diarias, no es tarea fácil. Pese a todo, me esforzaba por conocerla, por tenerla cerca, por disfrutarla...sin sucumbir. Esa tarea resultó imposible. Bastaba respirar su aroma (sus feromonas, pues) para que mis hormonas se alocaran y mis neuronas se neutralizaran. Si yo empezaba un dictado, el mismo se interrumpía en el momento en que ella cruzaba sus piernas. Dado que la minifalda era su mejor arma, (y ella lo sabía), cruzar y descruzar las piernas se convertía en un dulce martirio para mi porque desorbitaba mis ojos (impidiendo la lectura de lo que pretendía dictar), y pegaba mi lengua al paladar (impidiendo la articulación de cualquier palabra). Además, me hacía sudar la frente y las manos, de manera que el poder que tenía sobre mi se hacía evidente. Evidente para ella y para mi, porque eso solo lo hacía en privado. No es que en público fuera diferente, pues se sabía dueña del lugar en el que ella estuviera, pero ante los demás parecía lejana, atractiva y deseada, pero absolutamente imposible. Para mi, en cambio, era la dulce-amarga contradicción, lejana y cercana a la vez, accesible a la vista y prohibida al tacto.
Tan eficiente con los cobradores que llegaban gruñendo y ladrando, y salían como gatitos, casi, casi ronroneando y...sin cobrar.
Salimos varias veces a comer, siempre en plan amistoso aunque, en mi caso, siempre con la esperanza de llegar un poquito mas allá de la amistad.
Finalmente, una de nuestras citas fue diferente. Fuimos al cine, a los llamados cines Gemelos a ver una película que no atrapó mi atención, por lo que mis ojos (a pesar de la penumbra) y mis manos (a pesar de sus pellizcos) se concentraron en sus piernas.
Cuando salimos, tomamos nuevamente el Boulevard independencia, aunque ahora en sentido contrario, rumbo al centro de la ciudad. Al pasar junto a la distribuidora de la volkswagen, Autos Nazas, me dijo “dale vuelta” y le di vuelta, “estaciónate” y me estacioné. Era un callejón oscuro, aunque la luz de la luna llena me permitía disfrutar de su divertida sonrisa. Sin dejar de sonreir, sin dejar de mirarme, desabotonó con lentitud los botones de su blusa, desabrocho el sostén y lo botó al asiento trasero. Recostó el respaldo del asiento hasta convertirlo en cama. De un solo tirón bajó el cierre lateral de su minifalda y sus preciosas piernas quedaron completamente descubiertas ante mis ojos. Con mis ojos tan abiertos como sus piernas, miré el hermoso contraste que ofrecía su negra y brevísima tanga ante la blancura de su piel. Mi corazón amenazaba con salirse del pecho, mis ojos de sus órbitas y mi pene del pantalón. Su voz me ordenó “bésame, tócame” al tiempo que sus manos auxiliaban a mi pene para abandonar su dolorosa prisión. Acomodé uno de sus pechos en mi boca y lo besé, lo succioné y le propiné unos deliciosos mordiscos para luego hacer lo mismo con el otro pezón que, erguido y turgente, exigía las mismas atenciones. De ahí me pasé a su ombligo, a sus piernas. Con los dientes bajé la tanguita y a puro lenguetazo la hice gemir de placer. Cuando me concentré en su clítoris, sus líquidos se impregnaron en mi bigote y en mi barba de candado, y sus olores estimularon la velocidad de mis movimientos que a la vez estimularon la velocidad sus gemidos. Se derramó en mi boca mientras clavaba sus uñas en mi espalda. Descubrí que “hacer venir” puede ser tan placentero como “venirse”.
Al día siguiente, cada vez que alguien tocaba mi arañada espalda me acordaba que la noche anterior se convirtió en inolvidable gracias a mi Secretaria.
Hace poco la vi, es mamá, terminó una maestría y sigue estando tan buenota como siempre, aunque ya no es mi Secretaria.
